Doña Carmen tiene una tiendecita de barrio en mi pueblo, es amiga de mis abuelos y de mis padres. Lleva toda la vida vendiendo verduras, arroz y naranjas de su huerto. La tienda no supera los cien metros cuadrados. Doña Carmen no abre los domingos.
Durante este mes, todas las grandes superficies, supermercados y centros
comerciales abrirán los domingos. Doña Carmen no irá de compras a estos centros. Ella comprará los juguetes de sus nietos en otra tienda del barrio, de su amiga Marta. A sus hijos les regalara una cesta de Navidad que la obtendrá de la tienda de don Agustín. Quizá, este sea el último año que pueda hacerlo, las ventas bajan, las tiendas amenazan con echar el cerrojo, y los dueños, con jubilarse definitivamente. Pero no pasa nada, ya tienen ofertas de grandes multinacionales de comida rápida y ropa barata. A nosotros nos dará igual, podremos ir a comprar al supermercado a precios más competitivos, el domingo podremos ir a Carrefour con nuestros hijos, a ver juguetes, ropa y comida. Ya no nos lo venderá Doña Carmen, Marta ni Agustín, pero eso a nosotros nos dará igual.
Los domingos son para nosotros, para la familia. Nos quejamos de que no pasamos tiempo con la familia, se hacen estudios en los que nos tachan de pasar de nuestros hijos, no prestarles atención. No tenemos tiempo para ordenar “ese” armario. Y lo poco que tenemos se lo regalamos al Carrefour de turno, y yo el primero. Una pena.


